Desigualdad social y movilidad económica en el siglo XXI
La desigualdad social se manifiesta como la acumulación de diferencias profundas en el acceso a recursos, oportunidades y poder entre individuos y grupos dentro de una sociedad.
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La desigualdad social se manifiesta como la acumulación de diferencias profundas en el acceso a recursos, oportunidades y poder entre individuos y grupos dentro de una sociedad. En el siglo XXI, esta forma de desigualdad no solo persiste, sino que adopta nuevos rostros: brechas en ingresos, en riqueza heredada, en la calidad de educación, en la atención sanitaria, en la conectividad digital y en la movilidad intergeneracional.
La movilidad económica —o movilidad social ascendente— se refiere al grado en que los miembros de una sociedad pueden cambiar su posición socioeconómica respecto de la de sus padres o de su situación de origen.
Sin embargo, cuando la desigualdad es alta, la llamada "curva de la gran Gatsby" (la relación entre nivel de desigualdad y baja movilidad) muestra que la capacidad de ascender se reduce significativamente.
En muchas economías modernas, se observa que aunque haya crecimiento económico agregado, la distribución de sus frutos no es equitativa. Los ingresos derivados del capital crecen más rápido que los ingresos del trabajo, lo que intensifica la concentración de riqueza en un reducido número de personas.
Por lo tanto, aunque una persona use todos sus recursos y talentos, su posición de origen—su familia, entorno, raza, género o región—puede seguir siendo un factor determinante de su futuro económico.
La consecuencia de esta dinámica es doble: por un lado, se perpetúan las desigualdades intergeneracionales; por otro, la movilidad social real se reduce, lo que afecta la cohesión social, la justicia y el sentido de que "todos tienen oportunidad". Por ejemplo, en la práctica, muchas personas que nacen en entornos de menores recursos encuentran barreras estructurales para mejorar su situación económica, aunque se eduquen y trabajen diligentemente.
Para abordar esta problemática, es crucial diseñar políticas integradas que incluyan la redistribución efectiva de recursos, inversión sustancial en educación de calidad, igualdad de oportunidades desde la infancia, y mecanismos que permitan que el acceso al capital —no solo al trabajo— no esté reservado a unos pocos. Asimismo, resulta indispensable medir y monitorear tanto la desigualdad como la movilidad con indicadores sólidos como el coeficiente de Gini, el índice de Palma o la elasticidad intergeneracional del ingreso.
En resumen, en el siglo XXI la desigualdad social y la movilidad económica están íntimamente ligadas: una elevada desigualdad suele traducirse en menor movilidad. Para que una sociedad sea verdaderamente justa y dinámica, no basta con crecimiento económico: debe acompañarse de igualdad de condiciones y posibilidad real de ascenso para todos.
Muchas gracias por escuchar.
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5. ¿Qué enfoque global propone el texto para reducir la desigualdad y mejorar la movilidad?
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